Caminamos juntos de la mano, sin hablar. El tránsito por la calle era intenso y el olor a gasolina quemada invadía todo el sector. Un gigantesco bus articulado del Transantiago nos impidió cruzar la siguiente calle. Esperamos siempre en silencio, para seguir luego caminando tomados de la mano. Finalmente, una pequeña placita triangular, llena de verde y árboles frondosos se abrió ante nosotros. Entonces, cuando pasábamos por ella, nos miramos en silencio aún, soltamos las manos y ambos hicimos un gesto compungido. Era el mejor espacio para decirnos adiós para siempre.
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