Ayer en la tarde salí caminando apurado de la oficina. Atravesé corriendo la Alameda con luz amarilla, mientras una horda de autos rugía lanzándose hacia mí, dispuestos a cortarme el paso sin contemplación. Pero alcancé a llegar sano y salvo. Al calor ambiente producto de un sol implacable, se agregó otro, debido a mi esfuerzo por no ser arrollado.
Entré en un local de comida rápida atendido por unos adolescentes espinilludos y flacuchentos y con mi bandeja en la mano, solo encontré asiento en una mesa ya ocupada por una morena de busto pronunciado y curvas exageradas que me miró fijo con unos ojos negros enormes: el calor se me hizo insoportable y consumí toda la Coca Cola con hielo que formaba parte del Combo 3.
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